martes, 21 de abril de 2009

sábado, 18 de abril de 2009

La voz de Miguel Durán

Accidente sexual


Nací en Barcelona y mis padres en Guadalajara. Mi compañera en BCN y sus padres en Madrid y EEUU. Mi gato en Sta. Coloma de Gramanet, el vecino de abajo en Galicia y la vecina de arriba es una paloma que a saber donde ha nacido. La pescadera es de Murcia y la chica que me cobra de Ecuador. Al final resulta que el lugar donde nacemos no es más que un accidente sexual.

ERC contentísima con el PP

La Ley de la Calle

La opinión de Xavier Pericay.


SEGURO que todos ustedes han oído alguna vez aquello de «lo que no te ha enseñado la escuela, ya te lo enseñará la vida». Y hasta puede que, además de oírlo, lo hayan dicho. Se trata, en el fondo, de un desahogo. O, si lo prefieren, de la evidencia, más o menos explícita, de un cierto fracaso. El de la escuela. El de la enseñanza reglada. O, para usar un término en boga, el de la educación.

En los últimos tiempos, sin embargo, se está popularizando otra fórmula: «Lo que no te enseña la escuela, ya te lo enseña la calle». A simple vista, parece una variación sobre el mismo tema. Si bien se mira, ¿qué es la calle, en el imaginario adolescente -y muchos padres, ¡ay!, dan la impresión de seguir anclados en esta edad-, sino el escenario propicio a una vida plena? Pero entre ambas fórmulas existe una diferencia sustancial: la relación temporal entre uno y otro modo de enseñanza, entre, por un lado, el que procura la escuela y, por otro, el que proporcionan la vida o la calle. Lo que en la primera fórmula es una relación de consecuencia y, hasta cierto punto, de causa a efecto, en la segunda es una relación de estricta simultaneidad. Como si el carácter complementario de ambas enseñanzas fuese un presupuesto ineludible, y, en tanto que tal, asumido desde el principio.

Por descontado, no seré yo quien afirme que la escuela debe acarrear, solita, todo el fardo de la educación. Al contrario, este es un asunto, ante todo, familiar, al que la escuela, a lo sumo, no puede sino echar un cable. Y luego están la vida y la calle, claro, para acabar de saber lo que es bueno. Pero ello no quita, insisto, que haya edades para todo. Y la de la escuela es, debería ser, la de la escuela. Y poco más.

No opina así José María Maravall. El último Premio Nacional de Sociología ha estado estos días en Barcelona y, ante el comentario de un periodista lamentándose de que en Cataluña los niños no puedan ser escolarizados en castellano, ha confesado: «Yo tengo un nieto al que adoro, hijo de una sueca. Sus padres hablan en inglés y él habla en castellano porque lo aprende en la calle todos los días. No veo ningún problema».

Ningún problema, dice. Dejemos ahora a un lado la adoración del abuelo y lo irrelevante, en términos sociológicos, del caso del nieto, y vayamos al fondo del asunto. ¿Ningún problema, dice? Pues claro. ¿Cómo va a ver algún problema quien ha sido entre 1982 y 1988, en tanto que ministro de Educación, el máximo responsable de la reforma educativa -LRU, LODE y cimientos de la LOGSE-? ¿Cómo va a ver algún problema quien ha colaborado como el que más en la destrucción de la enseñanza en España y, en lo tocante a Cataluña, en la conversión del catalán en única lengua de enseñanza? Nada, nada, a lo hecho, pecho, sí señor. Aunque sea, a todas luces, una inmoralidad.

jueves, 16 de abril de 2009

83 sanciones y subiendo...

En el 2007 la Generalitat tramitó 83 multas por no rotular la información básica al menos en catalán, sobre todo a empresas de servicios y minoristas, con una suma cobrada de 16.250 euros. En el 2006, fueron 52 las sanciones por este concepto.
Cada año aumentan las sanciones por un concepto que coarta la libertad del individuo. Vivimos en una Comunidad Autónoma simplemente aterradora.

La liquidación de la toponimia española.

Un texto de Jesús Lainz

Ninguno de los problemas que estamos tratando aquí hoy ha surgido del suelo, como la hierba- Todos tienen causas muy concretas. O, para ser más exactos, son los síntomas de una patología política muy concreta: la llamada construcción nacional, que consiste en una enorme campaña de ingeniería social dirigida a dos objetivos. El primero, desconectar a gallegos, vascos y catalanes de los demás españoles. Y el segundo, desconectar a los mismos gallegos, vascos y catalanes de hoy de todas las anteriores generaciones.

Y para ello, siguiendo las enseñanzas de Orwell cuando advirtió de que “quien controla el pasado controla el futuro”, las dos herramientas fundamentales son la sustitución de la historia de verdad por una historia de ciencia ficción, junto con la conversión de la lengua en un medio de incomunicación.
Y hay un campo en el que estos dos caminos, el de la historia y el de la lengua, se cruzan de modo especial: la toponimia. Porque también con ella se lleva treinta años marcando las diferencias y los límites.
Con el rebautizo de los nombres de lugar nuestros separatistas patrios creen que se puede cambiar la esencia nacional de las personas.
Mediante la eliminación del topónimo en lengua española, la alteración del existente según reglas creadas para cada caso o la simple invención de nuevos términos nunca hasta entonces imaginados, nuestros voluntariosos separatistas, empeñados en la acción nacionalizadora sobre territorios y habitantes mediante las mágicas potencias del nombre, avanzan todos los días, sin obstáculo digno de mención ni a izquierda ni a derecha, en su delirante plan.
Ejemplos los hay a miles, y muchos son tan conocidos como la eliminación, no sólo para las regiones afectadas, sino para toda España, de palabras como Lérida, Gerona, La Coruña, Orense o Fuenterrabía, que en todas las cadenas de televisión de ámbito nacional, en las que, evidentemente, se habla la lengua de Cervantes, son siempre mencionadas como Lleida, Girona, A Coruña, Ourense y Hondarribia. Sin embargo, este criterio no se extiende a Alemania, Francia, Londres, Burdeos, Colonia o Amberes, que, para ser coherentes, debieran ser llamadas en el telediario Deutschland, France, London, Bordeaux, Köln y Antwerpen. Evidentemente, en TV3 la capital de Aragón es Saragossa.
La hipocresía de los alquimistas del topónimo no tiene límites: el artículo 10 de la Ley Básica de normalización del uso del euskera, norma de 1982, se estableció que “la nomenclatura oficial de los territorios, municipios, entidades de población, accidentes geográficos, vías urbanas y, en general, los topónimos de la Comunidad Autónoma Vasca, será establecida respetando en todo caso la originalidad euskaldún, romance o castellana con la grafía académica propia de cada lengua”, lo que ha venido siendo incumplido sistemáticamente desde hace un cuarto de siglo sin que ningún partido político haya protestado.
Para conseguir la unidad de destino en lo euskaldún se ha hecho de todo. Por ejemplo eliminar de un plumazo la citada Fuenterrabía, topónimo impuesto por el franquismo allá por el año 1203, momento en el que la fundó Alfonso VIII de Castilla con ese nombre.
También están las traducciones para imponer un nombre eusquérico a lugares que desde siempre sólo lo tuvieron romance. Por ejemplo, la comarca vizcaína de las Encartaciones, el tercio oriental de Vizcaya, lindero con las vecinas Burgos y Cantabria, donde jamás se habló vascuence y donde, evidentemente, no hay un solo topónimo en vascuence. Pues bien, ahora le ha surgido un absurdo Enkarterri que es una pura invención, así como un Valle de Carranza al que le ha crecido una k y una tx, y una cuevas de Pozalagua rebautizadas Pozalaguako kobak.
Curiosamente, en el sentido contrario no sucede. A nadie, ni en tiempos de Recaredo ni en los de Felipe II ni en los de Franco, se le ocurrió jamás adjudicar un topónimo castellano postizo. A nadie se la ha ocurrido jamás rebautizar al Goyerri como “Tierras altas”, ni a Azcoitia “Sobrelapeña”, ni a Azpeitia “Bajolapeña”, ni a Lizarza “Fresneda”, ni a Urrechu “Avellaneda”. Pero a Salinas de Añana ahora se le llama Gesaltza, a Villanueva Uribarri, a Ribera Alta Erribera Goitia y a San Román de San Millán Durruma Donemiliaga para pasmo de sus vecinos, incapaces de encontrar sus pueblos cuando han de buscarlos en la guía telefónica.
También está el cambio de ortografía, que ha llenado el País Vasco de bes por uves, de kas por ces y de tx por ches hasta el delirio.
Ahora Santurce se llama Santurtzi, es de suponer que porque los nacionalistas creen haber recuperado con ello algún antiquísimo topónimo eusquérico. Pero el problema es que Santurce es un nombre latinísimo, derivado del santo patrón del lugar, San Jorge, como el San Jurjo orensano, el Santiurde montañés o el Santurde riojano.
“Desde Santurtzi a Bilbo vengo por toda la orilla”
Por cierto, todo esto obligará a cambiar hasta las letras de las canciones que los vascos han cantado durante siglos, porque es de suponer que ahora lo correcto será “desde Santurtzi a Bilbo vengo por toda la orilla”…
Y ya que hemos llegado a la muy abertzale capital del Nervión, rebautizada por el PNV con tan tolkieniano nombre de “Bilbo”, quizá conviniese recordar que se llama Bilbao desde su misma fundación en el año 1300 por Don Diego López de Haro, mediante, por cierto —sarcasmos de la historia…— acta fundacional emitida en Valladolid otorgando a los bilbaínos el Fuero de Logroño.
Uno de los casos más interesantes es el de Pedernales, localidad vizcaína en la que reposa el cuerpo incorrupto de Sabino Arana. Pues bien, tan castellano nombre no podía ser aceptado, sobre todo para tan simbólico lugar, así que se dedujo que ya que un pedernal es una piedra (harri) con la que se hace fuego (su), el nombre vascamente puro de la localidad habría de incorporar esos dos elementos. Y de este modo Pedernales fue eliminado y quedó en Sukarrieta, lo que provocaría el asombro hasta del propio Sabino si levantara la cabeza.
Curiosamente, este afán por recuperar hasta cosas que nunca existieron no se da para el nombre más importante, el de toda la región, perdón, nación: Euskadi, disparate lingüístico de primer orden que ha sustituido a los viejos nombres con los que castellanohablantes y vascohablantes han llamado a su tierra desde hace muchos siglos: Euskalerría, Vasconia y Provincias Vascongadas.
Es muy significativo que este fenómeno no se da en otras partes, sobre todo en la imperialista y opresora Castilla, donde a nadie jamás se le ha ocurrido eliminar la Urria o la Artieta burgalesas, el Valdezcaray riojano, el Bascuñana conquense, o el Garray soriano en nombre de una identidad castellana a recuperar. Pero en la liberada Euskadi sabiniana, no sólo se persigue a las personas. También a las palabras.
Los mismos problemas de psiquiátrico se dan en Galicia, donde el peso de la responsabilidad por la eliminación de los topónimos castellanos, que han convivido con los gallegos desde siempre (Fisterra-Finisterre, Puentedeume-Pontedeume, Orense-Ourense, La Coruña-Coruña —sin la A—), recae no sobre los separatistas, sino sobre los gobiernos del PP antes y del PSOE ahora.
Pero no me extenderé en ello, pues, para continuar con la canción, termino “deprisa y corriendo porque me aprieta el corsé”.
Pero no quiero terminar sin señalar un detalle: los vascos, catalanes y gallegos tienen que darse cuenta de que mediante estas absurdas políticas no se está haciendo ningún favor ni a sus lenguas, ni a sus culturas, ni a sus identidades históricas. Todo lo contrario. En primer lugar, porque la imposición lingüística y las obsesiones palabreras sólo puede conducir, y lo estamos viendo ya, a la fobia hacia esas lenguas por parte de muchos ciudadanos. En segundo lugar, porque muy difícilmente se puede defender y potenciar lenguas, historias y personalidades colectivas falsificándolas, adulterándolas y eliminándolas sistemáticamente.
Nunca, en toda la historia, se ha perpetrado un ataque más devastador contra la lengua, la historia y la cultura de esas regiones. Los supuestos defensores de las esencias vascas, catalanas y gallegas han demostrado ser sus principales enemigos, pues lo único que han conseguido son ridículas parodias de aquello que pretenden defender.
Pero ha de tenerse en cuenta que todo esto no tiene nada que ver con la lengua, sino con la política. La persecución a la lengua no es más que un instrumento. Todo esto no surge del odio a la lengua española, sino del odio a España.

PSOE...Pura POSE

miércoles, 15 de abril de 2009

El (verdadero) hecho diferencial.


Una columna del periodista y escritor, Manuel Trallero.

Estoy leyendo un libro absolutamente sensacional. Es la correspondencia entre Mercè Rodoreda, la autora de la Plaça del Diamant y su editor, Joan Sales. Éste repite varias veces que los catalanes nos hemos pasado quinientos años haciendo el imbécil. Él no pretende que los catalanes dejen de ser catalanes, sino que dejen de hacer el imbécil.
Me ha venido esta frase a la memoria al leer una información del Avui, que prácticamente, como suelen pasar desapercibidas en Catalunya cuando no son de autocomplacencia, según la cual “Catalunya se situa a la cua del creixement económic a l´Estat” Efectivamente, Catalunya con un crecimiento del 3.5 % del PIB, igual que Asturias y una décima por encima de la Comunidad Valenciana se sitúa en antepenúltima posición. Pero sucede además que esta dos décimas por debajo de la media del estado y que mientras el PIB acumulada entre el año 2000 al 2007 la mantenía en la posición número 12 ahora ha descendido a la posición número 17. Es decir ha perdido cinco lugares en el ranking, que por cierto encabeza Aragón mientras que Madrid va en octavo lugar.
Es decir, que mientras los catalanes nos preocupamos a machacamartillo por el tremendo problema de las selecciones deportivas nacionales, o si Air Berlin utiliza no utiliza el catalán, o si las cuatro columnas de la Exposición han de volver a colocarse así o asá, o si los tapices con las cuatro barras han vuelto ya al Ayuntamiento de Barcelona, mientras todos estos problemas nos quitan el sueño a la inmensa mayoría de los catalanes resulta que cada vez somos un poco más pobres. Pero esto no parece molestarnos en absoluto.

Ilustrados

Sabino Méndez en La Razón.

¿Cómo puede ser que, a medida que me hago mayor, sienta cada vez más simpatía por los ilustrados? Se supone que yo, al ser rockero, debería admirar las fuerzas de la pasión irracional, pensar que en ellas se haya la verdad y lo mejor y más auténtico del ser humano. Y mucho de cierto hay en ello. Porque, si bien la razón es casi siempre lo que le evita al ser humano que muera, son las pasiones indudablemente las que lo hacen vivir. Ahora bien, una vez aparecidas, reconocidas y centradas las pasiones particulares y singulares de cada caso, no está nada mal usar la razón para colocarlas en su marco adecuado, tanto individual como socialmente. Puestas así, las cosas discurren de una manera mucho más agradable y menos eléctrica en lo que a relaciones humanas, controversias y pactos se refiere. El romanticismo, con franqueza, me parece cada día más que sólo queda bien en las novelas. En la realidad, los hechos nunca hacen nada por dejar al romanticismo en buen lugar. Las catástrofes naturales, los cataclismos se comportan con una monotonía indiferente, con una sosería notable, nada romántica. Que una cosa sólo tenga cuerpo de una manera completa en la novelería es algo que hace pensar.


No soporto particularmente el romanticismo en política. El romanticismo en política sólo se lo pueden permitir los niños bien. La política es el arte de decir esto: hay muchas cosas que hacer y no hay dinero para todo, vamos a ver en qué lo gastamos primero para que todo vaya lo mejor posible. En esa labor tan prosaica el romanticismo es letal. Cuando lo presencio, mis sentimientos al respecto hacen una curva ascendente hacia la furia, la ferocidad, el pánico, hasta llegar al clímax y bajar luego, como en el caso de todos los ciudadanos que se vieron gobernados alguna vez por Maragall, hasta la inconsciencia indolora.

España en marcha.

Un artículo de Félix Madero en ABC.

NO son pocas las veces que escucho el concierto que Paco Ibáñez ofreció en el Olimpia de París en 1969. Años después un arriesgado profesor de Literatura en los escolapios, de apellido Pulido, asumió la labor de enseñarnos poesía escuchando la voz rota del cantautor que ponía música a Jorge Manrique y Góngora, pero también a Gabriel Celaya, Blas de Otero y Cernuda. Aquel disco fue para muchos una iniciación a un mundo desconocido, pero también un asidero sentimental que habla de España y de los españoles. Celaya, austero con las palabras, creía que éramos un ser que se crecía, un río derecho y un golpe temible de un corazón no resuelto. Sigue teniendo razón.

Si en Zapatero hubiera una idea de la nación que no fuera ni discutible ni discutida podría haber regalado el disco de Ibáñez a los presidentes que se han ido a La Moncloa a ver que hay de lo suyo. Viendo el espectáculo de la pasarela autonómica resulta extravagante e ingenua la apelación del Rey instándonos tirar del carro. ¿Pero de qué carro, Señor? Aquí cada uno tiene uno, más o menos vistoso, con distintas cilindradas y necesidades de consumo. La costumbre esconde la injusticia. La injusticia, hecha costumbre, nos ha dormido, y así pensamos que la política es eso que hacen los que piden el voto.

El espectáculo ofrecido por el Gran Conseguidor es inaúdito. Todos creen que son dueños de un territorio, y se han olvidado de las personas, o sea, de los ciudadanos. A todos ha contentado el presidente, sin duda el más listo y audaz. Zapatero deja corto el añorado puedo prometer y prometo.



Creer que España es esto que vemos es asumir una mentira desafiante ante la poca sombra que da eso que algunos invocamos, el patriotismo constitucional como sustento de una convivencia equilibrada y digna en toda España.

Presidentes de toda laya y condición han salido exultantes porque el carro regional tendrá gasolina para unos cuantos años. ¿Recuerdan a alguno que haya enjaretado un discurso en el que cupiera la palabra España y sus necesidades?

Sólo uno de los que han ido «averquehaydelomío» llama mi atención. El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara es socialista, y tiene dicho que aquí triunfa el que rompe y divide. Ahora, en una oportuna entrevista de Gabriel Sanz en ABC insiste en conceptos claros y sencillos. El carro se llama España, pero también decencia política para discutir tanto desvarío provinciano con gorra de municipal.
Fernández Vara es hoy una voz necesaria. Lo es porque dice cosas obvias, pero que hay que decir: Somos solidarios porque somos iguales. O esta otra de que el Estado ya no puede ni debe ceder más impuestos o terminará desapareciendo. Lo dice sin miedo y sin complejos, dos peajes con los que aquí se hace política.

El extremeño está abriendo la puerta a un tiempo nuevo que pregunta por el discurso y no por la ideología. El tiempo en que esto de la derecha y la izquierda empieza a ser un remedo que sólo justifica el relato zafio del político que vive de, por y para la sigla. Allí donde haya ideas, allí irán los votos. Donde impere el sentido común de éste ser que se crece. De éste río derecho. De éste corazón no resuelto. España, por ejemplo.


Nuestros inmigrantes.


La opinión de José Domingo, diputado de C´s.


El “Pacte Nacional per la Immigració” ha sido firmado por lo más granado del poder catalán y por unas pocas asociaciones de inmigrantes controladas por el entorno socialista e independentista. Está abocado al mayor de los fracasos, por irreal. Después de tantos meses de trabajo resulta que la principal razón del pacto era condicionar el acceso a determinados permisos y derechos al al conocimiento de los inmigrantes de la lengua catalana. Para justificarlo vale todo, como definir al catalán como “lengua vehicular de acogida”, sabiendo que son miles los extranjeros que con el español como lengua materna encuentran trabajo y hospitalidad en nuestra tierra. Este idioma les permite comunicarse con el resto de la población, a excepción de con un reducido número de obstinados que se empeña en hacerles ver que sólo serán “benvinguts” si lo hacen en catalán.

Si hay un mundo en el que la movilidad es fundamental es el de la inmigración. Muchas personas arriesgan sus vidas en infames pateras o invierten sus escasos ahorros en los viajes que les transportarán al primer mundo. Desde esas lejanas latitudes llegan a Zaragoza o a Tarragona y no lo hacen para cuidar del manto de la Virgen de Pilar o para aprender el misterio “dels pronoms febles” sino para trabajar y poder enviar algunas remesas de divisas a sus países de origen. Hoy están aquí y mañana a seiscientos kilómetros.

En cambio, los firmantes del Pacto, obsesionados por una amputada forma de entender la catalanidad, tratan de hacerles más difíciles su vida y su movilidad. El asunto es evidentemente político, lo que pretenden es guardar las esencias patrias y que los recién llegados contribuyan con su cuota a la escenografía catalanista. En el imaginario de la “Nació catalana”, España y el castellano como lengua oficial sobran y para ello se inventan lo del catalán como lengua común de los catalanes.

El fanatismo es mal consejero porque no permite ver con claridad la realidad. A pesar de todo, florece, como en el caso de las mujeres pakistaníes a las que se les enseña el canto de “Els Segadors” (¡la prueba del algodón de la integración que no pasarían miles de catalanes nacidos aquí!) y que, acto seguido, por mero interés práctico, solicitan aprender el castellano.

Estas medidas, tan “progresistas”, las firman organizaciones que se autocalifican de izquierdas, pero las copian de los dirigentes más reaccionarios de otras latitudes, sin ir más lejos, Padanía, Austria o Flandes.

¡Felices Fiestas, en paz y sin discriminación por razón de religión, raza, creencia, origen o lengua!