domingo, 8 de noviembre de 2009

Gesto por la Paz


"En Euskal Herría no hay ideas perversas, sino medios perversos. A nadie se le debe pedir que renuncie a sus ideas; tan sólo, que las saque adelante recurriendo a los únicos medios realmente humanos, que son los medios de la discusión libre y el convencimiento. No pongamos, pues, más limitaciones a las ideas que aquellas que se derivan de la adhesión social que logran. Todas las ideas políticas son defendibles por medios pacíficos y democráticos. Esta afirmación significa, en primer lugar, que no existe legitimidad alguna para el recurso y la violencia. pero también se debe hacer posible que cualquier idea pueda ser planteada y desarrollada dentro del contexto democrático"



(Gesto por la Paz, discurso de aceptación del Premio "Príncipe de Asturias" de la Concordia, Oviedo, 27 de noviembre de 1993)

sábado, 7 de noviembre de 2009

Año Cerdà


El pasado mes de junio, empezó el llamdo año Cerdà, que homenajeará al ingeniero y urbanista, ildefons Cerdà.
Como explica Arturo san agustín en El Periódico de Catalunya: "Este pionero del urbanismo moderno, este hombre preocupado por la higiene en un tiempo de grandes mortandades, este político que entendía la política como una ciencia práctica ("lo que no es práctico no es política para él") nació en 1815 en un mas de Sant Martí de Centelles, pero sus enemigos lograron hacer creer a muchos que había nacido en Madrid. Además, muchos de sus libros y escritos eran adquiridos por manos negras que le pegaban fuego".
Sin duda el Año Cerdà, será el año de un ciudadano.

jueves, 5 de noviembre de 2009

¡Claro que sí!


Fernando Savater en El País.


José Bergamín deploraba la decadencia del analfabetismo; otros, con menos ingenio pero con mayor sinceridad, lamentamos el presente eclipse del sentido común. En el caso de Bergamín, la paradoja era provocativamente deliberada; en el nuestro, la constatamos como un doloroso síntoma que confirma nuestras peores previsiones.
Cuando insistimos en la redundante candidez del caballo blanco de Santiago -ustedes me disculparán el símil hípico- no falta nunca la ofendida denuncia, casi incrédula ante tanta desfachatez: "¡De modo que para usted el caballo blanco de Santiago es nada menos que blanco!". Y a uno le toca sonrojarse por ser tan arcaico, tan poco pluralista o alternativo y tan cerrado al diálogo.

Tenemos un claro ejemplo en el discurso de Urkullu en el pasado Alderdi Eguna. El presidente del Euskadi Buru Batzar denunció con (supongo) sincera indignación que el PSE y el PP quieren convertir a Euskadi en una comunidad más de España. Pretenden debilitarla y diluirla hasta, horresco referens, armonizarla con el Estado.

Para ello, no retroceden ante ninguna bajeza: no prescinden de la ikurriña, ah no, sería demasiado brutal, pero le ponen al lado la bandera española; no suprimen el euskera, son muy arteros, pero sostienen en plano de igualdad los derechos de quienes quieren expresarse en castellano; a la Ertzaintza la enredan en quitar carteles pro-etarras, con lo que quema eso y a Euskaltelebista la privan de su mapa telúrico-metereológico tradicional y la limitan al plano de la comunidad autónoma. No cabe duda, van a por nosotros...

O sea, podríamos resumir, no gobiernan como los nacionalistas sino como quienes no lo son. ¡El caballo blanco de Santiago se atreve a ser ufanamente blanco, como si tuviera buenas razones y legitimidad para ello! ¡Habráse visto! Hombre, a uno le parece que no hay nada de malo en que la CAV sea una comunidad más en España: como las otras, sin menoscabo de sus derechos legítimos ni trato de favor. También sin esa excepción que supone el terrorismo y la extorsión mafiosa para mantenerlo, el amedrentamiento de los adversarios políticos, la unanimidad forzosa que impide la expresión pública de voces y símbolos de comunidad con el resto de España o la exhibición hagiográfica de quienes se han distinguido por atentar contra conciudadanos.

No estaría mal poder ser institucionalmente como el resto del país del que formamos parte puesto que de hecho fundamentalmente lo somos: y vivir en armonía con el Estado democrático que es el nuestro (y al que recurrimos con razón en muchas ocasiones, como por ejemplo cuando reclamamosprotección militar para nuestros atuneros amenazados por la piratería) tampoco parece un gran atropello. Perdonen tanta simpleza, pero así lo veo yo.

Cuando oigo discursos como el de Urkullu y otros de parecido corte nacionalista, me parece escuchar a quienes desde hace un par de siglos se escandalizan porque el Estado trate de imponer los mismos derechos individuales para todos los ciudadanos: "¡O sea que ahora tenemos que ser todos iguales! ¡Pero yo soy conde, o marqués, o hijo de un distinguido mariscal! ¿Me van a tratar como a uno más?". Y los ricos: "De modo que debo pagar impuestos como cualquiera para costear servicios públicos que no utilizo y así financiar a vagos y maleantes que no ahorran...".

El elocuente reaccionario Joseph de Maistre rechazaba los derechos del hombre diciendo que él no conocía a ningún "hombre", sólo a franceses, españoles o ingleses. Hablar del "hombre" en general suponía para él acabar con la rica diversidad cultural e histórica del mundo.

Aún hoy hay quien sigue hablando de los derechos humanos "individuales y colectivos", como si precisamente los derechos humanos no se hubieran inventado para combatir los supuestos derechos históricos -es decir, los privilegios- de colectivos como la nobleza, el clero, los gremios, los varones, o los miembros de tal etnia o tal religión.

Lo malo es que la mentalidad diferencialista ha calado ya en la sociedad más allá de la ideología del nacionalismo declarado. No hay más que ver cómo todos los partidos vascos, con excepción de UPyD, suscriben con entusiasmo los privilegios fiscales de la CAV y su blindaje contra asechanzas del exterior: ¡cualquiera se atreve a decir otra cosa! Somos las ventajas que tenemos y las excepciones que nos favorecen, que nadie nos las toque. Y para qué hablar de los abogados que le han salido a ese fantasma que a cada cual se le aparece según el licor del que abusa: la "identidad". "¡Que me roban mi identidad!", protestan unos y otros, con el mismo trémolo angustiado con que Unamuno clamaba "¡que me roban mi yo!". Y la identidad oficial es algo que siempre definen a su conveniencia los especialistas en la materia. Lo curioso es que por el momento la exaltación identitaria sólo ampara a colectivos autodesignados (quienes no se avienen a ello son traidores a los suyos) pero no a los particulares.

De momento, nadie puede invocar a su favor que su idiosincrasia exige ser violador, recibir cohechos o pavonearse con relojes de miles de euros, tal como el escorpión se excusaba ante la rana a la que acababa de inocular su veneno diciendo que tal era su carácter... Pero todo llegará, si somos coherentes con el derecho irrestricto a la diferencia.

En España no estamos en eso todavía, claro. Y tampoco es que vaya a romperse el país, como constatan muy ufanos los de siempre. De momento a los nacionalistas de iure o de facto les interesa más la gestión indefinida del independentismo que la independencia misma. Políticamente, es más segura y más provechosa: se ejerce por aquí y por allá la astuta rentabilidad de la desafección. Hay bastantes que han aprendido a cobrar por hacernos el favor de seguir siendo españoles, lo mismo que esos alumnos franceses que van a cobrar por hacer el favor de asistir a clase. Tan interiorizada tenemos esta situación al parecer irrevocable que los chispazos de unidad son celebrados como triunfos memorables: por ejemplo, los medios de comunicación se deshicieron en elogios cuando la ministra de Sanidad y todos los consejeros autonómicos del ramo salieron juntos a proclamar medidas comunes contra la gripe A. Vaya, no faltaba más que contra una epidemia el país hubiera funcionado según 17 criterios distintos...

Que los nacionalistas tengan sus propias ideas me parece normal. Pero que haya un contagio general que impide a los demás afirmar lo que pensamos so pena de diversos sambenitos retrógrados ya suena peor. El caballo blanco de Santiago sigue siendo blanco, pese al refunfuñar de los coloristas. ¿Qué deseamos, que el País Vasco, Cataluña, Galicia, Navarra o la que ustedes prefieran sean comunidades autónomas ni más ni menos que como las demás, armonizadas con el Estado del que forman parte, sometidas al mismo régimen tributario y por tanto institucionalmente solidarias con el conjunto del país, donde el pleno derecho a utilizar la lengua común oficial conviva con el uso voluntario de las lenguas regionales? ¡Pues claro que sí!

Proteger al que enseña


Gabriel Albiac en ABC

EN el que es para mí su más acabado relato, pone Jorge Luis Borges a su Paracelso en presencia del joven Grisebach, que aspira a ser aceptado como su discípulo. Reticente, el viejo sabio deja que exponga sus motivos. Grisebach habla con respeto e inteligencia. Paracelso mantiene su distancia, sin embargo. Tal vez le inquieta el ímpetu excesivo de este que quiere ser aprendiz suyo: pero un aprendiz no habla; y, menos aún, pregunta; y, en ningún caso, exige nada a su maestro. El joven tiende una bolsa de oro. Y formula su propósito: «Es fama que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera». Paracelso lo mira, desolado. El lector percibe un vidrio infranqueable entre ambos. Grisebach busca romperlo: toma de la mesa la rosa que trajo consigo, la arroja al fuego, al poco no es más que ceniza. El maestro le devuelve su dinero y lo despide. La puerta se cierra. «Paracelso», escribe Borges, «se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió».
Enseñanza autoritaria es pleonasmo. Habla el maestro. Sus palabras se perderían en lo inútil, si discípulo y maestro estuvieran en igual plano. Aprender es posible sólo cuando alguien -el que sabe- ocupa un lugar simbólico cuya preeminencia el otro -el que aprende- respeta, aun antes de que una palabra sea dicha. Sin esa cesión, no hay saber ni maestría que puedan ser transmitidos. Son las reglas de un juego en el cual cada sociedad se juega su ser. Sin la autoridad del que sabe ante el que aprende, ningún patrimonio anímico es transmisible. Durante siglos, la garantía de lo sagrado fue respaldo de tal continuidad de saberes, esto es, de autoridades. San Agustín, en De Magistro, daba razón de ello: ¿por qué aceptar la voz del maestro, si no es porque a través de él habla algo que es en sí mismo sagrado? «Al que escucha, si las sintió y presenció, mis palabras no le enseñan nada, sino que él reconoce la verdad por las imágenes que lleva en sí mismo; pero, si no las ha sentido, ¿quién no verá que él, más que aprender, da fe a las palabras? Cuando se trata de lo que captamos con la mente, es decir, con el entendimiento y la razón, hablamos de lo que vemos presente en la luz interior de la verdad, con que está iluminado y goza el llamado hombre interior; pero entonces, también el que nos oye, si él mismo ve con una mirada simple y secreta esas cosas, conoce lo que yo digo en virtud de su contemplación, no por mis palabras. Luego tampoco a éste, que ve cosas verdaderas, le enseño yo algo diciéndole la verdad, pues aprende, no por mis palabras, sino por las mismas cosas que Dios le muestra interiormente; por lo tanto, si le preguntase sobre estas cosas, también él podría responder. ¿Y hay nada más absurdo que pensar que le enseño con mi locución, cuando podía, preguntado, exponer las mismas cosas antes de que yo le hablase».
¿Qué autoridad queda al maestro, cuando la reverencia debida a su metafísico vicariato de lo divino no posee ya subsuelo de creencia en el que enraizar? Es duro responder que no hemos hallado nada con lo cual suplir aquel altar de lo sagrado que, tras la huida de los dioses que cantara Hölderlin, hizo del magisterio oficio en nada superior al de los lacayos. ¿Por qué respetar a ese pobre diablo mal pagado, en cuya función nadie cree, el Estado menos que nadie? Bien está que, al menos, la administración lo proteja de palos y humillaciones. Pero el maestro ha muerto.

No sé hablar catalán y voto al PSC

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Rachas aparentes


Toda racha de mala suerte tiene un final, aunque sólo sea para que pueda comenzar otra del mismo signo. Pero será una racha distinta. Muchas veces nos dejamos engañar por los extraños signos que preceden a las catástrofes y confundimos las explosiones del depósito de municiones con la pirotecnia que saluda el desfile de los héroes.
O sea que no hay que magnificar los cambios de rachas aparentes.

martes, 3 de noviembre de 2009

Políticos, no nos fiamos de vosotros.


Recuerdo que en la película de Médem "La pelota vasca" aparecía un músico -creo que era un músico- que decía algo así como: "Políticos, no nos fiamos de vosotros, porque sois unos mentirosos". Cuando lo vi, pensé: éste tiene razón. Por supuesto que a mí me habría parecido mejor que hubiera dicho "casi todos", pero tampoco le reprocho la generalización, porque lo que decía no vale para todos los políticos, pero sí para "los políticos" en tanto que colectivo.
Con el paso de los años, me he ido haciendo una idea cada vez más negativa de la clase política española. Me parece inmoral, oportunista, vaga y escasa de luces.

El radiólogo era nacionalista

La economía explicada con vacas


Socialismo:

Tú tienes 2 vacas.
El Estado te obliga a darle 1 a tu vecino.

Comunismo:
Tú tienes 2 vacas.
El Estado te las quita y te DA algo de leche.

Fascismo:
Tú tienes 2 vacas.
El Estado te las quita y te VENDE algo de leche.

Nazismo:
Tú tienes 2 vacas.
El Estado te las quita y te dispara en la cabeza.

Burocratismo:
Tú tienes 2 vacas.
El Estado te pierde una, ordeña la otra y luego tira la leche al suelo.

Capitalismo tradicional:
Tú tienes 2 vacas.
Vendes una y te compras un toro.
Haces más vacas.
Vendes las vacas y ganas dinero.

Capitalismo moderno:
Tú tienes 2 vacas.
Vendes 3 de tus vacas a tu empresa que cotiza en bolsa mediante letras de crédito abiertas por tu cuñado en el banco.
Luego ejecutas un intercambio de participación de deuda con una oferta general asociada con lo que ya tienes las 4 vacas de vuelta, con exención de impuestos por 5 vacas.
La leche que hacen tus 6 vacas es transferida mediante intermediario a una empresa con sede en las Islas Cayman que vuelve a vender los derechos de las 7 vacas a tu compañía.
El informe anual afirma que tú tienes 8 vacas con opción a una mas.
Coges tus 9 vacas y las cortas en trocitos. Luego vendes a la gente tus 10 vacas troceadas.
Curiosamente, durante todo el proceso nadie parece darse cuenta que, en realidad, tú sólo tienes 2 vacas.

Economía japonesa:
Tú tienes 2 vacas.
Las rediseñas a escala 1:10 y que te produzcan el doble de leche.
Pero no te haces rico.
Luego ruedas todo el proceso en dibujos animados. Los llamas "Vakimon" e incomprensiblemente, te haces millonario.

Economía alemana:
Tú tienes 2 vacas.
Mediante un proceso de reingeniería consigues que vivan 100 años, coman una vez al mes y se ordeñen solas.
Nadie cree que tenga ningún mérito.

Economía rusa:
Tú tienes 2 vacas.
Cuentas y tienes 5 vacas.
Vuelves a contar y te salen 257 vacas.
Vuelves a contar y te salen 3 vacas.
Dejas de contar vacas y abres otra botella de vodka.

Economía china:
Tú tienes 2 vacas.
Tienes a 300 tíos ordeñándolas.
Explicas al mundo tu increíble ratio de productividad lechera.
Disparas a un periodista que se dispone a contar la verdad.

Economía suiza:
Hay 50000000000 vacas
Es obvio que tienen dueño pero nadie parece saber quién es.

Economía francesa:
Tú tienes 2 vacas.
Entonces te declaras en huelga, organizas una revuelta violenta y cortas todas las carreteras del país, porque tú lo que quieres son 3 vacas.

Economía española:
Tú tienes 2 vacas, pero no tienes ni idea de dónde están.
Pero como ya es viernes, te bajas a desayunar al bar que tienen el Marca.
Si acaso, ya te pondrás a buscarlas el miércoles después del puente de San Aniceto.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Cuajo



Este es el cartel que el PSC está pegando en los cilindros publicitarios de Barcelona. Mandan en el Ayuntamiento en la Generalitat y en el Gobierno central, pero por lo visto no son responsables de la crisis. Quieren sacar rédito electoral de todas las partes...Sacan votos hasta de sus fallos. Son máquinas electorales sin escrúpulos, únicamente la sensibiliad del votante puede acabar con el cuajo y la caradura.

Inexistencias


Jon Juaristi en ABC


Como remedio para fobias anticatalanas, Xavier Vidal-Folch ofrece en «El País» (Si Cataluña no existiese..., miércoles, 16 de julio) un argumento que produce, a un tiempo, estupor y regocijo: Cataluña ha sido la adelantada del sistema autonómico español, la comunidad que abrió camino y sirvió de modelo a las demás autonomías españolas, viene a decir Vidal-Folch, y, por tanto, si Cataluña no hubiera existido, no existiría hoy un Estado de las autonomías.
Lo primero que hay que resaltar es la prosapia literaria de dicho argumento. Mucho antes que a Niall Ferguson se le ocurriera inventar la Historia Virtual, Adolfo Bioy Casares había especulado con la posibilidad de una narración sobre la Argentina contemporánea que partiera de la hipótesis de que los vascos nunca hubieran existido. Después, considerando que las consecuencias de tal conjetura serían harto complicadas, se decidió por otra más sencilla, la inexistencia de los galeses, que también ponía la realidad patas arriba, pero en términos todavía manejables, lo ideal para un escritor de ficción.
A Bioy Casares me lo presentó en Buenos Aires, hace veinte años, Fernando Rodríguez Lafuente, amigo entrañable que, ese día, no pudo resistir la tentación del exotismo y se refirió a mí como «un poeta vasco». A Bioy le brillaron los ojillos y me dijo: «¿Vasco? Yo también soy vasco, ¿sabe usted?». Ingenuamente, pregunté: «¿Por Bioy?». Entonces entreví un fulgor de maldad en las pupilas cerúleas del novelista y supe que me había tendido una trampa. «No», respondió: «Por Casares». Creo que en la ingenuidad o en la estupidez de mi pregunta obraba, de forma más o menos consciente, el recuerdo de aquel párrafo de Bioy en que planteaba que, de no haber existido los galeses, no habrían existido los argentinos de apellido galés, que no son muchos, pero tampoco la calle Owen de Buenos Aires, llamada así en honor del empresario textil y socialista utópico cambriano Robert Owen, que jamás pisó Argentina.
Si los inexistentes hubieran sido los vascos, habría desaparecido con ellos Borges (que los detestaba, pero reconocía venir de gentes que se llamaron Garay u Otálora), y Bioy habría pasado a la historia, en solitario, como el gran escritor argentino del siglo XX. En fin, bromas de literatos. La inexistencia de Cataluña habría aniquilado a la práctica totalidad de los españoles actuales, pues todos tenemos algunos antepasados catalanes conocidos y, seguramente, muchos que ignoramos. Y, sin la existencia de la Castilla histórica, se desvanecería en la nada, para empezar, el Honorable President de la Generalitat. La idea de que Cataluña o el País Vasco han ido siempre por libre, enfrentándose a la España cañí, es simplemente absurda, y sus autonomías respectivas, cuando las han tenido, han sido fruto de consensos nacionales; es decir, españoles.
Lo más chusco del artículo de Xavier Vidal-Folch reside en su lógica de Antiguo Régimen, que consiste en esgrimir supuestos méritos exclusivos de una comunidad para justificar privilegios. Por cierto, los inventores del truco fueron los vascos del siglo XVI, que no reclamaban la patente del sistema autonómico, sino la de España misma, con el encomiable fin de no pagar impuestos. Los arcaicos estereotipos regionales serían hoy folclore inofensivo y, desde luego, no habrían dado pretexto a fobias, si los nacionalismos no hubieran convertido el Estado autonómico en una versión posmoderna del Estado de naturaleza, donde bandas depredadoras del presupuesto nacional se apedrean entre sí con victimismos y teóricas excelencias morales.