jueves, 19 de noviembre de 2009

País de la gente a la orilla de la corriente y los grandes Señores.


Se acaba de editar "El Atlas de los nombres verdaderos", un divertimento en el los lugares se llaman con su nombre original. Por ejemplo a Catalunya se le denomina "País de la gente a la orilla de la corriente y los grandes Señores".

Haz click aquí: http://www.kalimedia.com/Atlas_Nombres_Verdaderos.html

martes, 17 de noviembre de 2009

Enemigo débil


“Sólo los necios y engreídos pueden creer que un enemigo débil no puede dañarnos. Es tanto como creer que una chispa no puede causar un incendio”


SHAKESPEARE

lunes, 16 de noviembre de 2009

L´Hospitalet de Llobregat, la ciudad del soterramiento.


Hace unas semanas se presentó el estudio de soterramiento de la Linea de Vilanova i la Geltrú (C2) a su paso por L´Hospitalet. Un proyecto largamente reivindicado ya que actualmente las vías dividen y fracturan la ciudad.
Es raro que se haya tardado tanto en soterrar las vías del tren. Una ciudad que lleva 30 años soterrando, escondiendo una mala gestión. 30 años tapando tics caciquiles y dictatoriales. En L´Hospitalet hay que soterrar las vías y hay que desentaponar ese compacto engrudo que deja fluir los aires de libertad y ciudadanía.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Los intelectuales se pudren


Álvaro Delgado Gal en ABC


En 1892 despareció de las sierras del noroeste la cabra montés; el lince ibérico está en un ay, y el quebrantahuesos dibuja círculos cada vez más erráticos alrededor de tal cual eminencia pirenaica y otros tantos, no muchos, peñascales del sureste peninsular. ¿Hemos concluido la relación de especies extintas o en trance de extinción? No. Queda el intelectual, una subespecie adscrita al taxón homo sapiens. Los intelectuales languidecen por lo mismo que vino a menos la cabra del noroeste o amenazan con tomar las de Villadiego el lince y el quebrantahuesos. Sencillamente, los intelectuales se han quedado sin entorno: los nichos en que acostumbraban a desenvolver su existencia se han visto expuestos, durante los últimos tres o cuatro decenios, a un erosión insistente, progresiva, y probablemente irreversible.
Hago esta constatación como parte interesada, porque yo mismo soy, y lo declaro sin jactancia alguna, es más, lo admito con cierta violencia íntima, un intelectual, quiero decir, alguien que se gana la vida traficando con ideas. Es difícil que una idea sea buena, y punto menos que imposible, que sea original. Puesto que carezco de títulos para considerarme distinto de la mayoría, concedo de barato que las ideas con que trafico son malas antes que buenas, y que rara vez, o quizá nunca, son mías de verdad. Pero esto da igual. El caso es que, en tanto que soldado de tropa, de la tropa menguante, desastrada, dejada de la mano de Dios, de los intelectuales, me he preguntado, me pregunto con solicitud creciente, por qué se nos ha puesto el viento tan de cara, o empleando una expresión que una vez le oí a Vargas Llosa en un lugar cuya mención no viene a cuento, cuándo demonios se jodió el Perú.
Es cierto que los intelectuales no han dejado de equivocarse desde hace tres cuartos de siglo. Causa cierta consternación leer una requisitoria como Past Imperfect, de Tony Judt. Entre 1944 y 1956 la clase intelectual francesa, con excepciones contadas -Raymond Aron, y poco más-, desplegó una incomprensión absoluta de la democracia parlamentaria y la libertad económica, y, en paralelo, una indecorosa simpatía hacia Stalin. Las rectificaciones fueron tardías, torpes, e insuficientes. Era entendible, es más, era justo, que el error repetido pasara factura. Pero esto no me basta. Aquí estamos hablando de ecología, no de moral. El intríngulis no está en que el intelectual haya incurrido en la desaprobación del respetable. El caso es más humillante. Lo que ocurre, es que se ha hecho invisible para el resto de la sociedad. ¿Cómo explicarse el desvanecimiento, el eclipse absoluto?
Situémonos en España, que conocemos mejor que Francia o Italia. A lo largo de los cincuenta, de los sesenta, incluso durante la primera mitad de los setenta, los intelectuales solían ser de izquierdas. No necesariamente, por supuesto. Pero lo más frecuente es que estuvieran situados a babor, en alianza explícita o implícita con el Partido Comunista. Esto era por entero natural. El franquismo, tan eficaz, a partir de los últimos cincuenta, en el manejo de la intendencia, tan instalado, no sólo en el poder, sino en la propia sociedad española, ofrecía una diana clarísima a la crítica ideológica. El sistema de formas y conceptos que proponía el Régimen a los españoles era anacrónico, atrabiliario, y en muchos sentidos grotesco. Ello facilitó un empleo, habilitó un lugar bajo el sol, al intelectual. Por el lado sociológico, que no estrictamente ideológico, se verificó un fenómeno aún más importante. La izquierda, obligada por la Dictadura a renunciar a la política en su acepción ordinaria, se refugió en la cultura y la universidad. En tanto que la derecha se socializaba en la empresa, o en las profesiones donde confluyen la administración pública y la administración de las cosas en general -el Derecho, las grandes oposiciones a las carreras del Estado, etc...-, la izquierda se socializó en la colonización de las ideas. Las dos, tanto la izquierda como la derecha, ofrecían a sus oficiantes un cursus honorum, un peculiar camino de perfección. La diferencia estaba en la estaciones que ese camino recorría. La derecha fatigó el que ya se ha dicho. La izquierda eligió la pana y la virtud airada y consiguió no sentirse inútil a despecho de su ubicación marginal.
¿Hemos terminado? No. Mucho antes de que Zola se subiera a la tribuna para enunciar su «Yo acuso», Marx, un inteligente desclasado, había sabido abrir un hueco a los intelectuales entre el macizo de la burguesía y el macizo del proletariado. En 1844 (Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho) escribió: «Así como la filosofía averigua sus armas materiales en el proletariado, el proletariado encuentra sus armas intelectuales en la filosofía... La filosofía es la cabeza, el proletariado, el corazón».
A lo largo del tiempo, los intelectuales habían desempeñado funciones varias: la de apologistas al servicio de la Iglesia, la de humanistas o poetas en la corte del príncipe, la de bohemios y malditos en las grandes metrópolis europeas del XIX. El marxismo les propone un papel mucho más prometedor: el de parteros de la Historia, que halla en ellos un vehículo y, a la vez, un heraldo, un oráculo. En términos sicológicos, el retorno de esta atribución, o más valdría decir, autoatribución, fue inmenso. Los intelectuales se hallaban lejos de los despachos, de los coches oficiales, de los restaurantes de cinco tenedores. Pero, ¡caramba!, la razón y el futuro estaban de su lado. Y el enemigo era localizable, andaba distraído apretando botones en el puente de mando, y presentaba flancos débiles.
Conviene señalar en passant que el engreimiento de los intelectuales, un fenómeno en parte reivindicativo, en parte compensatorio, tuvo su lado bueno. Muchas personas honradas, voluntariosas, con hambre de balón, volcaron su energía en la edición, la literatura, el arte y la enseñanza. La melancolía innegable que ahora aflige a la cultura se debe en alguna medida al hecho de que la vida pública se ha abierto y los que habrían ido para intelectuales hace cuarenta años, se dedican a echar buen pelo en los negocios y la política. Pero esto es secundario. El cataclismo, el desastre, es de calibre mucho mayor: ostenta el carácter mayúsculo que los marxistas infieren a la hache cuando escriben «Historia».
A pesar del sesgo futurista de la filosofía marxiana, el intelectual conjeturado por Marx en 1844 trascendía a Antiguo Régimen. Se trataba de una figura en la que se fundían, como en un cuño, el pastor de pueblos y el levita bíblico. Sorprendentemente, la democracia ha derivado, sí, en un experimento radical, aunque no según lo soñaron los viejos revolucionarios, sino en línea mucho más afín a las teorías del mercado: sobresale más el que contenta a más consumidores. En este mundo, regido por las leyes de la oferta y la demanda, florecen cantantes, estrellas de la televisión, y políticos con glamour escénico. El intelectual, con su pesada prosopopeya, con sus barbas de patriarca, se ha convertido en un trasto y un pelma. Así, señores, hemos acabado los del gremio. Llegada la democracia a plenitud, desatadas las libertades, el intelectual ha descubierto que su color no es el rojo auroral que pronosticaban los libros proféticos sino el sepia de los celuloides rancios. Como el Palinuro insepulto de Virgilio, el intelectual es un espectro que atiende en el inframundo a que den tierra a su cuerpo y le dejen reposar en paz.

sábado, 14 de noviembre de 2009

jueves, 12 de noviembre de 2009

Nacionalistas al fin y al cabo.


Alicia Sánchez-Camacho ha asegurado que está dispuesta a apoyar a CIU tras las próximas elecciones catalanas si la federación se "modera".
Hay nacionalistas violentos, acérrimos, de alta graduación...moderados. Hay muchos tipos de nacionalistas, y por mucho que maticemos no dejan de ser nacionalistas. Todos son nacionalistas al fin y al cabo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Niños ante La LEC.







El hombre es como el mono.



Hay un dicho, creo que es de Flandes, que dice que el hombre es como el mono, que sólo se le ve el culo cuando sube a lo alto.

Celestino Corbacho y la censura a los periodistas

No es la primera vez: http://miguel-delamo.blogspot.com/2009/03/cuando-celestino-corbacho-echaba.html


martes, 10 de noviembre de 2009

Diálogo social, feria de desenfoques


Enrique Calvet en Expansión.


Soy de los que consideran el diálogo social crucial para la instauración de la democracia española y unos de los elementos esenciales de las democracias avanzadas.

Tal vez con ello evoque subjetivamente el orgullo que tengo de haber participado activamente en los grandes acuerdos sociales de la Transición. Eran otros tiempos y otras las personas (¡pero que muy otras!).

En aquellas épocas recayó sobre los agentes sociales la tarea de ayudar a construir una nueva España. Eso ha marcado el espíritu del diálogo social en España, al darle una impronta y responsabilidad en política pura que ha degenerado y provocado, a mi juicio, muchos desenfoques distorsionantes. Me detendré en tres perjudiciales.

El desenfoque esencial es que el proceso de diálogo social se ha centrado finalmente en temas que le corresponden poco, soslayando los temas fundamentales que le competen. Ni los empresarios tienen por qué oponerse a una extensión de subsidios en época de gran sufrimiento social ni los sindicatos tienen por que oponerse a que se rebajen las cuotas a la Seguridad Social.

El diálogo debería tener como único objetivo que el mercado de trabajo optimice la creación de empleo y minimice su destrucción

Se trata de medidas de política general de la Nación cuyos ciudadanos bien pueden optar por aumentar, en este momento dramático, la solidaridad con los más desfavorecidos, y que bien pueden optar, o no, por que la financiación de la Seguridad Social se haga un poco más vía impuestos de todos y un poco menos vía impuesto a la contratación. Es una decisión de funcionamiento de sociedad, política, y si el Gobierno quiere sentir el pulso de toda la sociedad civil, ahí tiene al Comité Económico y Social (que no existía en la Transición).

Tareas urgentes
Pero no distraigamos a los agentes sociales de las tareas urgentes: movilidad, flexiguridad, sistemas de contratación, formación, políticas de empleo, reforma negociación colectiva, marco salarial... Eso es lo que debe, urgentísimamente, abordar el diálogo social.

Ese es el tiempo perdido. El diálogo entre los dos factores sociales de la producción debería tener un sólo objetivo: cómo hacer, para cualquier nivel de crecimiento económico (en gran parte impuesto por factores exteriores), que el mercado de trabajo optimice la creación de empleo y minimice la destrucción. Ni más, ni menos.

El segundo desenfoque viene de haber centrado uno de los temas pertinentes, los sistemas de contratación, en un eslógan, ni siquiera político, sino demagógico. Así, se estaría proponiendo el despido libre. Fantasma agitable sin necesidad de neuronas.

Para los que estamos en estos temas desde hace años, sabemos que el despido libre existe desde lustros (si no, de qué 4,5 millones de parados) y también sabemos que se está hablando de costes y de flexibilidad en procedimientos. También pensamos muchos que no se puede, en este momento, plantear recortar los derechos de los trabajadores en activo, pero que tampoco lo ha propuesto nadie.

El desenfoque ha consistido en transformar en bandera política dominante un tema complejo pero acordable, lo que ha impedido abordar otros aspectos del diálogo social, incluso de mayor relevancia para enfrentar la crisis. Sin duda, ha habido mucha torpeza en centrar el debate en ese aspecto en momento tan inadecuado socialmente. Con manipulación, se ha destruido el diálogo. Creo que es un tema a aparcar hasta el momento adecuado.

El tiempo perdido, en este caso, es de los políticos que no tuvieron la responsabilidad ni la categoría para hacer las reformas en épocas oportunas de bonanza.

Responsabilidad
El más triste y sintomático desenfoque viene del Gobierno. El diálogo social es un elemento clave y frágil que exige enorme responsabilidad. Considerarlo como un tótem por el prestigio ganado en la historia reciente de España para apropiárselo con fines politiqueros y sectarios, es lamentable.

Estar dispuesto a comprar voluntades con el dinero público para mejorar la imagen y la valoración en las encuestas es mucho peor. El diálogo social es demasiado precioso y necesario para convertirlo en instrumento de propaganda propia o de insulto. Ese desenfoque es catastrófico para los ciudadanos.

Algunos piensan que por estar, de nuevo, en una situación nacional de alarma, con una España que se desguaza, con la pérdida de la solidaridad nacional y creación de ciudadanos de primera, segunda y tercera, o, simplemente con la desaparición del mercado único, se justificaría que el diálogo social fuese, otra vez, el gran reconstructor político de nuestra democracia. Ello es darle, hoy en día, una responsabilidad excesiva a los agentes sociales y desestimar otras instituciones que ya hemos creado.

Si el proyecto y el sentido patriótico del Gobierno llegasen a un nivel razonable, indispensable para el actual momento histórico de España, hágase de una vez el indefectible pacto de Estado, con participación de todos. Úsese, incluso, para algunos temas (unidad de mercado), las instituciones omnicomprensivas como el Comité Económico y Social.

Pero si se quiere salir de la crisis antes y mejor desde el punto de vista del empleo, modestamente sugeriría al señor Corbacho que convocara inmediatamente a los agentes sociales a media docena de mesas para la reforma (formación, flexiguridad, movilidad, políticas activas, negociación colectiva, etc...) y obligara a los agentes sociales a negociar sobre lo que saben y deben. Y sin cenas, para que no haya indigestión.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Lo importante es la inauguración


El pasado 5 de mayo, El Periódico de Catalunya publicaba lo siguiente:

PRIMERO, MONTILLA

El Poblenou está en pie de guerra por el retraso de la apertura de la esperada biblioteca de Can Saladrigas. Aseguran que la inauguración estaba anunciada para el 26 de abril, pero el ayuntamiento la anuló al coincidir con un mitin de Montilla. El acto se ha trasladado al 10 de mayo y, mientras tanto, el centro seguirá cerrado.


Está claro que para Montilla no importan "ni els fets ni les paraules", importan las fotos.

Sobresaltos


"uno de los sobresaltos que comporta la revisión histórica del franquismo es descubrir que gran parte de lo que política y culturalmente se le oponía sólo tenía eso de bueno, su oposición, pero que en sí mismo no era ni mucho mejor ni siquiera demasiado distinto del propio franquismo."



Fernando Savater