miércoles, 6 de marzo de 2013

Contra Catalunya


A partir de hoy iré publicando esbozos de "Contra Catalunya", el libro que escribió Arcadi Espada en 1997.



Entre els Déus i Crist, Catalunya va estar representada políticament per un avi. Aquest avi. Tarradellas, era caparrut i va arribar exercint l´autoritat. Exigia faldilla a les dones i corbata als homes, reunia els presidents del Madrid i del Barça perquè firmessin una pau de sainet molt improbable i viatjava per Espanya en periples benintencionats que també van tenir un punt delirant i marxià: per descomptat, qui busqui material per la mofa al mapa tarradellista de superfície té moltes probabilitats de trobar-n´hi. Ja era un home molt vell. Però va ser el principal responsable que el prestigi de Catalunya a Espanya no disminuís durant els anys molt delicats de la transició; que durant la transició es mantingués la imatge antifranquista d´una Catalunya avançada, però solidària. Fins i tot des del punt de vista dels interessos del nacionalisme català més àrid, l´actitud de Tarradellas va ser positiva: va permetre que Espanya, sobretot l´Espanya civil, assistís confiada i amb les tradicionals aspiracions d´emulació a l´experiment inicial de l´autonomia catalana pròpiament dita. Òbviament, n´hi ha que no pensen d´aquesta manera. Gent com Josep Benet, que en va ser enemic acèrrim, opinaven -i encara opinen- que Catalunya, en aquells moments, feia por a Madrid, que hauria pogut aconseguir-ho tot. "Tot", diuen, i es queden tan amples. No cal dir que Jospe Benet -un home malaguanyat per la conspiració que ha estat la seva vida, però sobretot malaguanyat pel fruit finalment estèril d´aquesta conspiració- és el símbol d´aquells que son del tot incapaços de reconèixer que el treball de l´oposició antifranquista va ser un fracàs, a pesar que aquest fracàs no entela gens l´heroisme dels qui van patir. Un emblema, en fi, Benet, dels qui volen esborrar, potser perquè la troben poc heroica, aquesta sentència que el temps farà més i més inapel-lable: l´única decisió transcendental de la classe política antifranquista va ser acceptar el pacte de la transició.

Perdedores y fracasados

Yo no tengo nada contra los perdedores, si es que pierden defendiendo sinceramente lo que creen. Todo lo contrario. Me producen un gran respeto.
El tipo de personaje que no me merece ningún aprecio es el ambicioso que pone ne marcha planes sin principios para ascender hasta las más altas cimas, sin reparar en medios, y encima la pifia y se estrella. Ése es, para mí, el prototipo de fracasado.

Asumir el hecho nacional catalán

Recupero unas palabras de Heribert Barrera, las dijo en 1984, cuando ERC era un partido residual, pero marcaba una estrategia a seguir por el nacionalismo catalán:


"Todo el mundo tiene derecho a buscar trabajo allí donde lo haya, pero ha de respetar las reglas morales, sociales, políticas, culturales de ese lugar. Un inmigrante puede escoger el ser un trabajador de paso, que en un momento determinado vuelve a su tierra o un hombre que acabará fundiéndose son los demás miembros de la nueva comunidad, allí tendrá sus hijos, su nación, su trabajo, su vida. Es más. Yo ni siquiera soy dogmático en la cuestión lingüística. Me importa más que un inmigrante asuma el hecho nacional catalán que el idioma que utilice para entenderlo o expresarlo".

Sólo nos queda la lengua

Boadella se define


"No soy un catalán en Madrid, sino un español que nació en Catalunya".

Conocimiento



lo vimos así y lo dijimos con tanta claridad que, luego, cuando pasó lo que pasó, hubo quienes nos consideraron profetas. Pero lo nuestro no eran profecías, sino conocimiento.

Castellano fácil


Carta de una lectora de El Periódico de Catalunya.

"Aprobado seguro", "imposible de fallar", "un auténtico regalo", "más fácil que el de catalán", era lo que se oía a la salida del examen de castellano de la selectividad en Barcelona. Como todos los años, en Catalunya el nivel de exigencia de la prueba de castellano ha sido mínimo. Y dentro de unos días, también como todos los años, la Generalitat enseñará las notas de castellano, artificialmente elevadas gracias al fácil carácter que le dan intencionadamente al examen con el fin de poder decir luego que no son necesarias más horas de castellano en las escuelas. ¿A quién pretenden engañar?


Victoria B. Martín
Barcelona

Ku Klux Klan


Si los catalanistas fueran negros votarían al Ku Klux Klan.

domingo, 30 de diciembre de 2012

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Si perdiera la memoria ¡Qué pureza!


Félix de Azúa en El Periódico de Catalunya


Este verso de Pere Gimferrer, verso que fuera famoso entre los estudiantes de hace treinta años, me ha venido a la memoria (ahí está el punto) tras escuchar la curiosa anécdota que me contaba un colega del departamento. Póngase en su lugar. Hablamos de estudiantes de arquitectura de cuarto curso. Unos gañanes. El profesor describe la construcción de las ermitas románicas y su notable riqueza técnica, se detiene un momento en la ornamentación y da unas someras explicaciones sobre la simbología del pantocrátor que preside el ara con rigor cejijunto. Señala al Cristo fiero y los adláteres.
A la salida se le aproxima un muchacho que, llevado por la curiosidad, le pregunta: «Oye, el Cristo ese del que hablabas, será el de los cristianos, ¿no?» Mi amigo, habituado a la ingenuidad juvenil y a su inocencia en materia de conocimientos, confirma la suposición del chaval («¡Ah, me lo imaginaba!», añade el chico) y luego, como para completar el asunto, le pregunta: «¿Y ya sabes en qué siglo nació?» El estudiante duda unos momentos y luego, con abierta franqueza, responde: «No, no lo sé, ¿en el siglo VII?»
Lo conmovedor de esta escena, que no es la más sintomática que hemos vivido este año, no reside en la ignorancia del muchacho, la cual debe ser atribuida a sus profesores, a sus padres y por encima de todo a los sucesivos ministros de Educación, sino en la sublime paz interior que ostenta. En efecto, situar el nacimiento de Cristo más o menos siete siglos después de muerto me parece algo sensacional. ¡Librarse de una vez y para siempre de toda la tradición occidental! ¡Carecer de historia, de conciencia temporal, de pasado, de referencias, de modelos! Se entiende, claro, la necesidad imperiosa de estas criaturas, su obsesión por conseguir una identidad y a poder ser una identidad colectiva que haga de la vida un desarrollo del botellón.
Porque, en efecto, no hay mayor pureza que la que se alcanza con la anulación de la memoria tras el paso por los sucesivos mataderos estatales del conocimiento. Una pureza, por así decirlo, aria.

Lamento por Babel


Fernando Savater en El País.


Más de un cínico ha dicho que la mejor definición de "bien" es "un mal necesario". Y me temo que confirma este aserto desencantado el estruendoso entusiasmo que está oficialmente recomendado mostrar ante la diversidad de los lenguajes humanos. Lo que en la Biblia se presenta como maldición divina para castigar la pretensión humana (y humanista) de aunar a los hombres en Babel, o sea, en la tarea común de conquistar los cielos, es ahora visto como una bendición: cada lengua es una concepción del mundo irrepetible que multiplica nuestra riqueza de perspectivas, etcétera. En correspondencia, la extinción de cualquier lengua (es decir, que sus últimos hablantes elijan expresarse en otra de mayor extensión) es una grave pérdida cultural, equivalente a la desaparición de alguna porción específica de la biodiversidad natural. Penita pena.



Las ventajas de una lengua única para la comunicación me parecen indudables

Es el colmo de la autocomplacencia inútil felicitarnos por lo inevitable, y la pluralidad de las lenguas lo es: como el lenguaje no es una función natural, sino artificial, debe haber muchos. Pero si especulamos con lo más deseable, por una vez estoy de acuerdo con la Biblia. Las ventajas de una lengua única para la comunicación humana me parecen indudables, y sería estupendo que a ninguno nos faltaran palabras elocuentes ante ningún semejante en ninguna parte del mundo. En cuanto a la pérdida de supuestas concepciones del mundo inscritas en cada idioma, se compensarían de sobra con la posibilidad de conocer a fondo la perspectiva personal de cada gran pensador y cada gran poeta: me interesa más lo que piensa Shakespeare o Confucio que lo que se piensa anónimamente a través del inglés o del chino.

Los partidarios de Babel, empeñados en convencernos de que multiplicar las lenguas multiplica la riqueza cultural, deberían llegar hasta el final y admitir que lo mejor sería que cada uno tuviésemos nuestro propio lenguaje: el idiolecto, es decir, la lengua monocomprensible del perfecto idiota (en el sentido etimológico del término). Tampoco resultan convincentes quienes tratan de asemejar la desaparición de una lengua a la extinción de una especie biológica, porque ningún dinosaurio quiere ser abolido, pero en cambio sí hay hablantes que prefieren cambiar de idioma cuando el que tienen no les ofrece más que desventajas. Las lenguas no sufren por dejar de ser habladas, pero en cambio hay muchas personas que padecen si por razones de arqueología se les intenta mantener hablando la que menos les conviene...

Por supuesto, también añorar la lengua universal es perder el tiempo: lo más parecido que tenemos a ella es el inglés, pero no el de Marlowe o Dickens, sino el de la business school. En cuanto al esperanto, pese a su ingeniosa y racional construcción, no cabe sino certificar su fracaso. Sólo un indudable éxito se apuntó su creador, el industrioso doctor Zamenhof. A comienzos del pasado siglo, una empresa americana que se disponía a patentar la primera cámara fotográfica portátil le pidió un nombre para su producto que fuese igualmente eufónico en cualquier lengua. Y Zamenhof acuñó la única palabra de esperanto que todos hemos pronunciado alguna vez: kodak.

La absurda antipatía administrativa a una lengua


La opinión de Carlos Herrera.

Algunas autoridades autonómicas despliegan una extraña ojeriza contra el idioma castellano que resulta, como poco, de difícil explicación. Como si el idioma fuese, por sí solo, culpable de alguno de los males que supuestamente han pasado en su imaginario personal, en determinadas comunidades autónomas se ha desplegado concienzudamente un estado oficial de antipatía administrativa por el idioma común. La reciente Ley de Educación aprobada en Cataluña corrobora lo antedicho. La política educativa del Gobierno balear, más o menos por el estilo. El desalojado Gobierno gallego anterior a la victoria de Núñez Feijoó, tres cuartos de lo mismo. Siempre con el PSOE de por medio, por cierto. El mismo PSOE, en cambio –mediante un pacto con el PP, evidentemente–, es el que en la Comunidad Autónoma Vasca ha equilibrado el ansia exterminadora del PNV y sus mariachis y ha garantizado una enseñanza en equilibrio. En las calles de Barcelona, Palma o Santiago se habla castellano con absoluta normalidad, se alterna esta lengua con la que se considera propia –todas ellas muy similares– y se crea un espacio común de convivencia que la ciudadanía desarrolla con perfecta normalidad desde hace tantos años como existe el habla. ¿Por qué ese empeño, pues, en estigmatizar el uso de una lengua que es propia desde el momento que es usada por, al menos, la mitad de la población?

La lectura de las principales disposiciones de la ley catalana sorprende por su contumacia en disponer del catalán en todos los ámbitos de la vida estudiantil. Resulta esperanzador tan sólo que la enseñanza del castellano sea impartida en castellano, que a punto estuvieron de evitarlo; el inglés, parece, tendrá el mismo o mayor número de horas a la semana. Las autoridades catalanas entienden que los niños llegan al colegio con el castellano aprendido de casa: «Eso ya lo hablas con tu papá, nene, que es de Badajoz y así lo aprendes tranquilamente». En la escuela se vigilará que todo, absolutamente todo, sea en catalán. Comprensible que se pretenda que el uso del catalán, de considerarse tan mayoritario como único en un futuro, se corresponda con un dominio absoluto por parte de los hombres y las mujeres del mañana, pero ¿hasta el punto de inculcar al alumnado una especie de menosprecio institucional por una lengua que tendrán que utilizar con más frecuencia de la deseable para las autoridades? ¿O creen de verdad que lo que espera dentro de cien años es una arcadia aparte en la que catalanes y baleares no tengan que relacionarse en absoluto con el resto de los españoles? ¿Tal vez esperan que sus negocios con los aragoneses se realicen en inglés?

Batallar contra el castellano es una labor absurda: guste más o menos, su salud y vigor social están en expansión. Se entienden prioridades idiomáticas, incluso el uso vehicular de una lengua por encima de la otra –castellano, gallego y catalán son tan semejantes que pasar de una a otra no debe suponer ningún sacrificio lingüístico–, pero inculcar ojerizas normativas sólo lleva a sus impulsores al ridículo. La gente, lo admita con más o menos disgusto, hablará lo que quiera, aunque el uso de un idioma concreto sea imprescindible para relacionarse con la Administración. Y lo hará por muchos comisarios que le pongan sobre el hombro. Sólo que no dotarán a varias generaciones de ciudadanos de un arma estratégica de primer orden: hablar castellano tan sumamente bien como hablan gallego, vasco o catalán. Los jóvenes que viven en esas comunidades deben hablar esos idiomas a la perfección –no encontrarán en este articulista a alguien que crea menor el conocimiento de esas lenguas, antes al contrario–, pero no es bueno que vayan a conocer el castellano a través de Gran Hermano o de Operación Triunfo. Los odios a los idiomas se pagan muy caros a largo plazo. Díganmelo a mí, que no sé escribir bien el catalán debido a que, en mi edad de escuela, también lo aprendí en la calle.